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El Otro minoritario


Lo extraño es el extranjero o el prójimo. Nada más extraño ni más extranjero que el otro hombre y es en la claridad de la utopía donde se muestra el hombre. Fuera de todo arraigo y de todo domicilio ¡Apátrida como autenticidad! Pero la sorpresa de esta aventura, en la que el yo se consagra al otro en el no-lugar, es el retorno...Como si yendo hacia el otro, me reencontrara y me implantara en una tierra, desde ahora natal, descargado de todo el peso de mi identidad. Tierra natal que no debe nada al arraigo, nada a la primera ocupación.
Emmanuel Lévinas

Cuando se trata de representar al otro, tanto femenino como masculino, hay una llamada ética hacia la responsabilidad, pues la visión del otro que se presente constituirá, en gran medida, la base sobre la cual se apoyarán las ideas posteriores sobre el mismo. El otro como apertura u horizonte (Hans-Georg Gadamer), o como rostro o excepcionalidad (Emmanuel Lévinas), son posturas filosóficas que invitan al diálogo y atienden la alteridad sin reducirla a una mera diferencia, sino a un “el otro es aquello que yo no soy”, similar a lo que no puedo ser, a lo que me falta, a lo que no tengo. Por tanto, el otro llena ese vacío y en ello radica la responsabilidad, pues está en juego también nuestra propia existencia.

Creados, en gran parte, después de las colonizaciones europeas en América, Asia y África, los museos etnológicos constituyen, a mi modo de ver, una representación del otro que normalmente no habla por sí mismo, sino que son los otros los que le dan voz. Me pidieron hablar del otro en vitrinas y me referiré al otro como el otro minoritario (no sólo cuantitativamente, sino sobre todo cualitativamente) en términos de acceso a ciertas demandas ciudadanas mínimas (educación, salud y empleo). En el ejemplo del que hablaré, el otro no es el que llegó, sino el que siempre estuvo y aún está allí. ¿Cómo representarlo?

Como sabemos, los indígenas americanos en EEUU son una minoría étnica discriminada dentro de la primacía del poder, principalmente de origen anglosajón. Son vistos bajo un aura de misticismo y se les respeta por vivir en una estrecha relación con la naturaleza y por continuar perpetuando sus tradiciones. Muchos de ellos viven en reservas indígenas en condiciones de vida muy precarias. Los que van a las ciudades tienen problemas para encontrar trabajo y algunos de ellos terminan sucumbiendo en el alcohol. Con este antecedente y sin que el gobierno haya tomado alguna medida real para mejorar la condición de vida de los habitantes originarios de los EEUU, inauguraron en septiembre de 2004, a pocos metros del Capitolio, el National Museum of the American Indian (Museo Nacional del Indígena Americano o NMAI) de la Smithsonian Institution. Un acontecimiento digno de celebrar.

La institución NMAI como tal existe desde 1989 y tiene, además del museo, un Cultural Resources Center (Centro de Recursos Culturales) en Maryland y el George Gustav Heye Center, un museo con una colección permanente, en Nueva York. Cabe señalar, que se trata del primer museo de este tipo en los EEUU y el primero en presentar todas sus exposiciones desde la visión de los nativos. De forma sinuosa y de color amarillo, destaca por el espacio arquitectónico que juega con elementos de la naturaleza, como el agua, en la parte externa, o los rayos solares, en el foyer en la entrada al interior del museo, también conocido como Potomac.

Su función es la de preservar, estudiar y exponer diferentes manifestaciones culturales que caracterizan a los nativos americanos, principalmente de América del Norte, y otro tanto, muy poco, sobre Centroamérica y América del Sur. En la presentación, se mezclan un laberinto de culturas originarias del continente americano de forma muy introductoria. Los comisarios de las exposiciones son de origen indígena. Ellos reafirman su identidad en cada acción que realizan dentro del museo y se especifica en el nombre a qué etnia o etnias pertenecen, como una suerte de denominación de origen que garantiza la calidad de un buen vino.

La colección, dividida en tres exposiciones permanentes, se puede ver detrás de vitrinas, a través de pantallas táctiles interactivas, que ofrecen información más detallada sobre los diferentes objetos de la colección, o como parte de documentales o animaciones en vídeos e instalaciones sonoras. Abarca objetos que van desde el paleolítico hasta nuestros días, en un salto temporal semejante a la legendaria escena de la película 2001: Una Odisea del Espacio de Stanley Kubrick, en la que una lanza prehistórica se convierte en una nave espacial en cuestión de segundos. Sin embargo, hay pocas referencias sobre el pasado colonial o sobre las matanzas de personas nativas en el continente americano. Las exposiciones son indicadas para un público escolar o para niños, y los programas educativos refuerzan el carácter didáctico y lúdico del museo. Es, en suma, un museo entretenido para pasar una tarde en la famosa zona de museos y jardines del National Mall de Washington DC.

Katerina Valdivia Bruch

Publicado bajo el título de El que siempre estuvo allí en el suplemento Culturas de La Vanguardia el 14 de marzo de 2007. 
                                                                                                                      
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